MUERTO, EL
Tiago murió y ahora López relata su muerte, el momento en que su amigo se ahogó en el mar. Alguien lo escucha narrar esa escena y las que siguieron: el llamado a la familia con la noticia, el funeral sin féretro, la posible deriva del cuerpo en el agua: «En la playa seguían observando el agua, creyendo que Tiago podía vivir. No podía: había muerto».
Obsesivamente y con lucidez tal vez despiadada, López repasa las esperanzas e ilusiones de los familiares y amigos del muerto desde una visión despojada de toda magia y autocompasión.
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