CARMEN SERRANO
Carmen Serrano era peligrosa porque denunciaba la explotación del capital sobre el trabajo, y articulaba la lucha obrera con la emancipación femenina, haciendo trizas el molde de la mujer sumisa en la sociedad chilena. Hija de una familia obrera de Punta Arenas, migró a Valparaíso y a Santiago para ejercer los oficios de costurera, herrera y mecánica-tornera. Pero, sobre todo, para convertirse en activista y propagadora de las ideas del feminismo obrero; promotora de la educación sexual y de la procreación consciente; defensora del amor libre y crítica implacable de la Iglesia católica y su influencia conservadora sobre la sociedad chilena; agitadora fundamental en las huelgas más importantes de las primeras décadas del siglo XX; sindicalista, oradora de carisma insuperable, actriz del teatro obrero. Es decir, Carmen fue una militante de la subversión cotidiana en lucha infatigable por la emancipación social en Chile. Aquello le valió una doble condena: la de las autoridades oficiales que la catalogaron como “peligrosa agitadora social que propaga prédicas malsanas destinadas a desestabilizar el sistema”; y la de la propia memoria historiográfica de nuestra academia, que la relegó al olvido. Durante el Proceso a los Subversivos de 1920, la Sección de Seguridad de la policía la persiguió e imputó por “discursos subversivos, sedición, desacato y vinculaciones con organizaciones anarquistas y socialistas”. Debido al peligro que las autoridades le atribuían, fue encarcelada en la Casa Correccional de Mujeres, e incomunicada para evitar que influyera sobre el resto de las prisioneras. En este libro, Manuel Lagos rompe la doble condena que ha pesado durante más de un siglo sobre una mujer ejemplar.
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